La música: “Let’s do it” de Louis Armstrong

¿Habéis sentido durante el fin de semana un pánico irracional e incontrolable cada vez que os acercabais al árbol de Navidad? ¿Os parece que los pastorcillos del belén han adquirido de repente un aire un tanto siniestro? No hace falta un título en Harvard para diagnosticar lo que os pasa: padecéis un mix de “síndrome del domingo por la tarde” y “síndrome postvacacional” para parar un camión.

Tranquilos, está estudiado. Los psicólogos dicen que es porque anticipáis los malos ratos que os esperan en el trabajo la semana que viene, así que os vais mortificando para ganar tiempo, y recomiendan ñoñerías tales como “centrarnos en el momento presente”, “automotivarnos” y “conocernos mejor a nosotros mismos”.

¿Os parece que los pastorcillos del belén han adquirido de repente un aire un tanto siniestro?

Me parecen sugerencias algo vagas. Hay quien dice que le va bien, dentro de lo que cabe, el dopaje natural: salir un rato a correr y saborear la relajante dosis de endorfinas que recibes a cambio. Cabría argumentar, sin embargo, que esto no es al fin y al cabo más que sustituir una manera de mortificarse por otra bastante peor.

Así que os propongo un plan B. Meteos bajo la ducha un rato bien, bien largo. Preparaos una bebida caliente, a ser posible chocolateada (los efectos euforizantes del cacao son de sobra conocidos y la batalla contra la báscula ya está perdida hace días). Encerraos en el despacho, o donde sea que tengáis el ordenador, y escuchad “Let’s do it” de Louis Armstrong.

Bing Crosby definió una vez a Louis Armstrong como “el principio y el fin de la música americana”. A lo mejor es pasarse un poco. Seguramente también es exagerado decir que es “el optimismo hecho música”, pero así es como yo he visto siempre a este hombre. Buen ejemplo de ello es su versión mayúscula de la que tal vez sea la canción más lograda de Cole Porter. Y si la materia prima es buena, menudo aliño de all stars en la trastienda: Herb Ellis a la guitarra, Ray Brown al bajo, Louis Bellson a la batería y nada menos que el excepcional Oscar Peterson al piano.


Ya sabéis que junto a la canción pongo siempre un enlace con la letra tanto en su versión original como en español. Es imperativo que la leáis mientras el socarrón Armstrong desgrana sin prisa las estrofas y Peterson caracolea en segundo plano, porque las rimas están logradísimas y llenas de doble sentido (para los despistados: la canción no va solo de enamorarse). No hay síndrome que se resista a estos casi nueve minutos de terapia.


5 de enero de 2012:

Una persona muy querida para mí recibió ayer un palo bastante duro. La entrada que estáis leyendo ya estaba escrita por entonces; de lo contrario su tono sería, imagino, bastante diferente.

Quizá sea mejor así. “Let’s do it” es, en esencia, un brindis por la vida y es en momentos como este cuando más sentido tiene sumarse a un brindis así.

Vivir tiene, claro está, efectos secundarios; ¿pero acaso es preferible envolverse el corazón con papel acolchado y limitarse a ver como el tiempo transcurre?

Va por Bruno.

 

Let’s do it / Louis Armstron  letra y traducción

Más canciones redondas de Louis Armstrong:

Me gusta tanto la canción anterior que, a mi pesar, he tenido que privaros de la trompeta del que es sin duda el primer gran solista de la historia del jazz. Este es el momento de remediarlo.

Un aviso ante todo. En este blog no se incluirán grabaciones anteriores a los años cincuenta porque su deficiente calidad técnica no complace a mis caprichosos oídos. Por tanto las que os recomiendo de Armstrong pertenecen a una etapa en la que, por sus problemas con el labio superior, sus mejores tiempos como instrumentista ya habían pasado. Pero no os preocupéis, que el que tuvo, retuvo.

  • Blues in the night. Seguro que a todos os suena este blues sui generis de Arlen y Mercer, tal vez el más famoso de todos los tiempos. ¿Quién mejor que Satchmo para interpretarlo? (De nuevo acompañado por Peterson y cía.)
  • Conforme a aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”, la regla principal de este blog es una canción (y una partida) a la semana, no más. A punto he estado de hacer una excepción con Summertime, la joya de la corona de los Gershwin, una de mis absolutas favoritas de siempre. Louis Armstrong y Ella Fitzgerald a dúo, con eso está todo dicho.
  • Nobody knows the troubles I’ve seen. Un Armstrong más serio de lo habitual, bien arropado por la orquesta de Russell Garcia, hace perfecta justicia a la madre de todos los espirituales.

El ajedrez: problema de S. Loyd, London Era 1861

A diferencia de lo que ocurre en los estudios, en un problema de ajedrez hay por lo general muchas formas de ganar; ahora la gracia está en hallar la única manera de dar mate en un número prescrito de jugadas.


Hoy os presento uno muy famoso, apodado “Excelsior”, que en latín significa algo así como “todavía más alto”. Este término era bastante popular en los Estados Unidos de la época a raíz de un poema del mismo título de Henry Wadsworth Longfellow. (Eso sí que eran muletillas finas, no como “la noche me confunde”, “yo, por mi hija, maaatooo” o similares que se llevan ahora.) Su autor es Sam Loyd (1841-1911), un célebre inventor norteamericano de rompecabezas de todo tipo y un más que competente jugador de ajedrez: en su apogeo llegó a ser uno de los mejores de su país.

Parece ser que compuso este problema en 1858 para su amigo Denis Julien, un experto problemista, apostándose con él una cena si, a la vista del diagrama de inicio, le indicaba una pieza que seguro no daba el mate al final. No hace falta decir quién pagó la cena.

Problema de S. Loyd, London Era 1861

Más problemas memorables de Sam Loyd:

Hay dos que están clarísimos, pues como el anterior hasta tienen sobrenombre: el de “los tubos de órgano” (Boston Globe 1859, mate en 2) y el del “gambito Steinitz” (Checkmate 1903, mate en 3). El primero, en realidad una versión de otro anterior pero menos logrado, es famoso por su alineación de alfil, torre, torre y alfil negros en la última fila; en las variantes principales cada alfil interfiere con cada torre y viceversa. Al segundo se le llama así porque su clave, Re2, es precisamente la jugada que define un extravagante gambito en la apertura vienesa ideado por el primer campeón mundial Wilhelm Steinitz. El encanto de Re2 (en el problema) reside en que permite dar dos jaques al negro y aun así hay mate en 3.

Para la medalla de bronce tengo más dudas, no por falta de candidatos, sino por exceso. Quizás, buscando el contraste con los precedentes, el mate en 3 de Leipziger Illustrierte Zeitung, 1869, por el duelo tan delicado que libran dama y alfil en las variantes principales del problema.