La música: “In my life” de los Beatles

Si se hiciera una encuesta para decidir cuál es el segundo mejor grupo de la historia, no tengo ni idea de qué resultado saldría: los Rolling Stones, Led Zeppelin, Pink Floyd, Nirvana (hay gustos para todo), AC/DC, Queen, Dire Straits, U2 (ya he dicho que hay gustos para todo), R.E.M., Oasis, Coldplay… qué se yo.

Por descontado, no hace falta ninguna encuesta para elegir al mejor:


De los Beatles se ha dicho ya todo, quizás hasta demasiado. Y sin embargo, no sé si se tiene claro el motivo auténtico de su éxito:

Suerte. Simple y pura suerte.

La que se necesita para que caigan juntos, en el mismo grupo, los dos músicos con más talento para escribir melodías del siglo XX. Es como si a uno le tocara el mismo fin de semana la lotería y una quiniela de 15 (sin ser un narco gallego o un constructor levantino, quiero decir). Encima, por alguna razón 1+1 sumó mucho más que 2, a sus carreras en solitario me remito, y eso que lo de “Lennon-McCartney” era más mercadotecnia que otra cosa pues por lo general escribían sus canciones por separado.

¿Cómo destacar, entonces, una canción de lo que más que un conjunto es un suceso paranormal? “In my life” no es, quizá, tan conocida como otras, pero lo tiene todo y los propios Beatles la adoraban. Es uno de los cortes de Rubber soul, el magnífico disco de transición entre sus dos épocas. En contra de lo habitual, es una auténtica colaboración entre los dos machos alfa del grupo, aunque parece que el mayor peso le corresponde a Lennon, que también escribió la letra. Letra por cierto, excepcional: sorprende la intuición de un chaval de 25 años para condensar, en unas pocas sencillas palabras, los tres grandes asuntos en los que al final se resume todo: el amor, la vida y la muerte.

¿Cómo destacar, entonces, una canción de lo que más que un conjunto es un suceso paranormal?

Y ahora la guinda del pastel. Newton dijo una vez: “si he visto más lejos que los otros hombres es porque me he aupado a hombros de gigantes”. En la música ese gigante es, sin lugar a dudas, Bach, por eso me parece singularmente pertinente la ocurrencia de Lennon cuando le pidió a George Martin, el productor del grupo, que escribiera “algo barroco” con que rellenar el intermedio de la canción. Martin se descolgó con una inspirada variación del celebérrimo Canon en re mayor de Pachelbel. Para realzar el efecto, Martin interpretó el solo en un piano eléctrico a mitad de velocidad y luego aceleró la grabación: el sonido resultante tiene un aroma a clavicémbalo realmente encantador.

Todo ello, en menos de dos minutos y medio de canción. Si esta no os parece una canción redonda, os aconsejo que no volváis a este blog. Difícilmente encontraréis algo mejor.

In my life / Los Beatles  letra y traducción

Más canciones redondas de los Beatles:

Hay de sobra donde elegir, pues casi todos sus discos son prácticamente colecciones de grandes éxitos. Adoro incluso el (para algunos) ejercicio de necrofilia que perpetraron los tres beatles supervivientes a mediados de los noventa desempolvando un par de maquetas de Lennon y añadiéndoles voces y música, canciones que servírian como gancho del recopilatorio The Beatles anthology. Si nos restringimos al “canon oficial”, y de nuevo procurando huir de las elecciones más obvias, os propongo la siguiente terna:

  • If I fell. Temazo de John Lennon de estructura bastante inusual y sin estribillo reconocible. Incluida en el disco A hard day’s night, pináculo de la época más desenfadada del cuarteto.
  • Taxman. La puesta de largo de George Harrison como compositor. Tan buena como las mejores de Revolver, y eso que el listón estaba bien alto; es una lástima que perdiera un tanto el rumbo los dos años siguientes por sus devaneos con la música hindú. A destacar el solo de guitarra (curiosamente, aunque Harrison era el guitarra solista del grupo, ejecutado por McCartney).
  • Blackbird. Otra inolvidable balada de Paul McCartney, esta vez en El álbum blanco, el de los mil y un estilos. Es una metáfora de la segregación de la mujer negra en los Estados Unidos de la época. Un tanto adicional en su favor: está (lejanamente) inspirada en la Bourrée en mi menor para laúd de Bach. Si es que Dios los cría y ellos se juntan.

El ajedrez: Fischer-Spassky, Campeonato del Mundo (partida 6), Reikiavik 1972

Si los Beatles son los dioses indiscutibles de la música popular del siglo XX, el Olimpo del ajedrez corresponde por derecho propio al combate por el título mundial que enfrentó en 1972 al entonces campeón, el ruso Boris Spassky, con el norteamericano Bobby Fischer. El choque tenía todos los alicientes que cabe imaginar. En las eliminatorias previas Fischer había barrido a todos sus contrincantes, llegando a encadenar una racha nunca vista de 19 victorias consecutivas contra oponentes del más alto nivel. Spassky, por su parte, contaba con el apoyo al completo de la poderosa escuela soviética y tenía una importante ventaja psicológica: un score netamente favorable contra Fischer, que nunca había conseguido derrotarle. En plena Guerra Fría, el duelo tenía además una notable carga simbólica: el representante del mundo libre, un hombre hecho a sí mismo, contra la apisonadora comunista. Hoy parece impensable, pero en su momento acaparó primeras planas en los periódicos de todo el mundo y fue seguido con entusiasmo por millones de personas.


El match estuvo precedido por controversias de todo tipo, provocadas principalmente por las a menudo caprichosas exigencias de Fischer, y se salvó in extremis de la cancelación gracias a Jim Slater, un mecenas británico que dobló la bolsa de premios. El comienzo fue todavía más polémico. Tras perder la primera partida (se competía al mejor de 24, y en caso de empate Spassky retenía el título), Fischer no se presentó a jugar la segunda alegando que el ruido de las cámaras al filmar le distraía. Tras esta derrota por incomparencia, y cuando todo el mundo daba por hecho que Fischer abandonaría el match, accedió en última instancia a continuar con la condición de que la tercera partida se disputase a puerta cerrada. Spassky, un deportista ejemplar, amante de la buena vida y que para nada se correspondía con el robotizado cliché del soviético típico, aceptó. Cuando Fischer entró en la habitación y descubrió que la partida se iba a retransmitir por circuito cerrado para que los espectadores que habían comprado su entrada pudieran seguirla, montó en cólera. Spassky comentaría años más tarde que el comportamiento del estadounidense con el árbitro en los momentos previos a la partida rebasó todos los límites de lo permisible. Por fin Fischer, desencajado, se sentó frente al tablero, pero entonces ocurrió algo inesperado: tras ejecutar su primer movimiento su expresión facial cambió súbitamente. “En ese momento comprendí que jugar aquella partida había sido el error más grande de mi carrera”, dijo Spassky.

“En ese momento comprendí que jugar aquella partida había sido el error más grande de mi carrera”, dijo Spassky

Fischer ganó y partir de entonces el encuentro fue un paseo para el americano, que terminó conquistando el título por 5 partidas de ventaja. Y a continuación, la oscuridad: se negó a defender su título ante Karpov en 1975 cuando la FIDE rechazó sus absurdas demandas y no volvería a tocar un tablero hasta veinte años más tarde, cuando acuciado por los problemas económicos disputó un simulacro de revancha por el título del mundo con Spassky (al que venció de nuevo) en Yugoslavia. Con ello rompió el embargo decretado por la ONU a raíz de la guerra de los Balcanes, lo que le valió una orden de arresto en su país, al que nunca regresaría. Alejado definitivamente del ajedrez, volvió a desaparecer de la escena, emergiendo de tanto en tanto en vergonzantes entrevistas de radio en las que hizo gala de un atroz antisemitismo (regocijándose incluso de los atentados del 11-S). Fischer volvió al primer plano de la actualidad en 2004, tras ser detenido en el aeropuerto de Tokio en cumplimiento de la orden que pesaba sobre él. Tras varios meses de arresto fue deportado a Islandia, que había accedido a concederle la ciudadanía por razones humanitarias. Allí moriría en 2008, víctima de una enfermedad renal, en mi opinión el mayor genio que ha conocido este juego, y tal vez el más trágico. Contaba 64 años de edad, tantos como casillas tiene un tablero.


La partida que presento a continuación es de largo la más brillante del match y está considerada como una de las mejores de todos los tiempos. Najdorf, el extrovertido gran maestro argentino, la comparó con “una sinfonía de Mozart”, y en un gesto sin precedentes Spassky, ante el asombro de su rival, se unió al público en su ovación al vencedor. Y sin embargo, a diferencia de otras que irán apareciendo en este blog, no es una partida que destaque por sus deslumbrantes sacrificios o por la originalidad de las ideas. Pero es Fischer en estado puro: preciso e implacable, como uno de esos asesinos profesionales de las películas. Que la disfrutéis.

Fischer-Spassky, Campeonato del Mundo (partida 6), Reikiavik 1972

Más partidas redondas de Bobby Fischer:

Como ya habéis visto en la ventanita rosa de los Beatles, seguiré la regla “tres más” para los extras. “A lo sumo tres más”, para ser exactos, porque no siempre músicos o ajedrecistas darán tanto de sí. Fischer, por supuesto, da para muchísimo más, pero las reglas están para cumplirlas:

  • Byrne-Fischer, Nueva York 1963. Fischer saca a gorrazos del tablero a un futuro candidato al título mundial en apenas 21 jugadas, conjurando de la nada un brutal ataque sin errores evidentes del rival. Cuando Byrne abandonó llevaba pieza de ventaja, y muchos espectadores, sin comprender lo que Bobby tenía en reserva, creyeron que era él quien se había rendido. La partida se jugó en el Campeonato de Estados Unidos, que Fischer ganó con la máxima puntuación posible: 11 de 11. En la entrega de trofeos el árbitro, Hans Kmoch, felicitó al subcampeón del certamen, Larry Evans, “por ganar el torneo”, y a Fischer “por ganar la exhibición”.
  • Fischer-Taimanov, cuartos de final de Candidatos (partida 4), Vancouver 1971. Podría decirse que el final torre+alfil vs. torre+caballo era una de las especialidades del norteamericano, porque ganó un buen puñado (con Fischer llevando el alfil, se entiende). Este fue sin duda el mejor de todos. Confesión de Taimanov: “A partir del movimiento 25 me sentí como el Dr. Watson, incapaz de otra cosa que contemplar el ingenio e imaginación del gran Sherlock Holmes”.
  • Fischer-Petrosian, final de Candidatos (partida 7), Buenos Aires 1971. Esta cristalina obra maestra volcó definitivamente la eliminatoria a favor de Fischer y lo catapultó hacia el ansiado encuentro contra Spassky. Más allá de su importancia deportiva, se la recuerda por la increíble 25.Cxd7!!, con la que Fischer, en contra de toda aparente lógica, cambia un maravilloso caballo por el alfil malo de Petrosian. En la sala de prensa Najdorf, siempre tan expresivo, se llevó escandalizado las manos a la cabeza, pero el soviético no tardó ni diez jugadas en tirar la toalla.